Carlos Fuentes: Una obra contra la muerte

15 agosto, 2012 Revista:No. 3 Etiquetas: , , Autor:hojeadas

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Agencia Reforma

Escribir contra la muerte y ser llevado al presente de cada lector. Esas son las premisas que hacen y harán que la obra del escritor mexicano Carlos Fuentes sea inmortal.

Carlos Fuentes: Una obra contra la muerte.

Carlos Fuentes. Foto El Universal

Esas premisas, expuestas en multitud de ocasiones por el autor ante el avance inexorable del tiempo, hicieron que Fuentes concibiera una obra y una vida sostenida sobre el sólido pilar de una eternidad que se manifiesta en el acto de la lectura, única posibilidad de infinito de la escritura, eternidad a la que ha accedido por derecho propio tras una existencia intensa, vital, lúcida, creativa, generosa, cuyo humanismo impregnó todas y cada una de las actividades que emprendió a lo largo de sus fructíferos 83 años de vida, dedicado a la literatura, la cultura, el amor, el diálogo, la política, la solidaridad; sin dejar de disfrutar de los pequeños placeres del mundo: viajes, amistad, alegría y el sabor de las cosas amables y bellas.

Su vida, no exenta de tragedia, fascinación y leyenda, fue también una extraordinaria novela.

Carlos Fuentes Macías nació el 11 de noviembre de 1928. Hijo de Rafael Fuentes Boettiger y Berta Macías Rivas, su rama paterna tenía su origen en Darmstadt, Alemania, en las Islas Canarias y Murcia, España, y en el estado de Veracruz, en tanto que la rama materna era oriunda de Santander, España, y los estados de Sonora y Sinaloa.

Como decía el escritor mexicano Fernando Benítez, amigo íntimo de Fuentes, el hecho de que su padre fuera diplomático de carrera, razón por la cual nace en Panamá, a donde los Fuentes estaban destinados, determinó el estilo de su nomadismo y las tendencias errabundas de su obra literaria.

Antes de cumplir los 15 años hablaba el español de los porteños de Buenos Aires, el portugués de los habitantes de Río de Janeiro, el inglés de Washington y el francés convencional de las embajadas.

«Antes de cumplir los 15 años hablaba el español de los porteños de Buenos Aires, el portugués de los habitantes de Río de Janeiro, el inglés de Washington y el francés convencional de las embajadas», observa Benítez, quien mencionaba que Fuentes había adquirido muy joven el «complejo de caracol», de llevar su casa a cuestas debido a su pasión por viajar, pasión que le otorgó, en efecto, una «cualidad fantasmática», porque jamás se podía saber con precisión en qué lugar se encontraba o si en un momento determinado cruzaba mares y cielos desplazándose de un continente a otro, de una ciudad a otra entre las muchas capitales de Fuentes: Santiago de Chile, Buenos Aires, Washington, Barcelona, París, Londres, Ciudad de México.

Esos trayectos los conciliaba con otra pasión que en él era virtud disfrazada de vicio: leer. Cuenta Benítez haber sido testigo de que en un viaje de 18 días por el Pacífico, el Atlántico y el Caribe, releyó casi toda la Comedia humana de Balzac, las revistas y periódicos que compraba en los puertos y, como complemento de sus lecturas, ganó 300 dólares jugando al número 26, por consejo de Fidel Castro, en el Casino de Panamá, además de sostener un romance de elevada temperatura y nadar plácidamente en las playas de Curazao, Trinidad y Barbados.

Escritor mexicano Carlos Fuentes

Foto El Universal

«Permanecía hasta las dos de la mañana en un bar del Himalaya donde el cantinero se disfrazaba de Harpo Marx o de De Gaulle y donde acudían antiguos funcionarios coloniales, extras de Hollywood, un organista que tocaba los oratorios de Bach y todavía le alcanzaba el tiempo para tomar las notas de su libro Cantar de ciegos», recordaba Benítez.

En efecto, podía tomar notas durante el día, pero su máxima se cumplía a primerísima hora de la mañana: escribir

Fuentes vivía el mundo de manera voraz, siguiendo la lección de su maestro de la escuela de leyes, Manuel Pedroso, quien además de transmitirle al escritor el sentido de la ética solidaria, le enseñó, reconocía, a percibir las correspondencias entre las cosas del mundo, a gozar de las ideas y también de la vida.

«Nos enseñó a no sacrificar, a no reducir: a acrecentar, a mantener, a transformar».

Y cuando Fuentes vivía el mundo, el mundo lo vivía a él, porque eran tantos los que lo buscaban, los que querían establecer contacto con él, quien, generoso, armaba agendas apretadísimas, donde no cabía un alfiler porque entraba de todo: paseos, almuerzos, cenas, entrevistas, presentaciones, encuentros políticos, diplomacia, cines, teatros, óperas, reconocimientos, premios, homenajes..

Entonces el universo Fuentes fluía como un poderoso torrente de energía en donde no había tema que se le resistiera: México, América Latina, Europa, la política, el socialismo, el neoliberalismo, el narcotráfico, la historia, la filosofía, la sociología, la economía, la geografía, la ciencia, la psicología, el arte, la música, el cine, la literatura. Siempre tenía una idea, una opinión, un comentario certero, agudo, auténtico.

No había tema que se le resistiera: México, América Latina, Europa, la política, el socialismo, el neoliberalismo, el narcotráfico, la historia, la filosofía, la sociología, la economía, la geografía, la ciencia, la psicología, el arte, la música, el cine, la literatura.

A excepción de la poesía, Fuentes dominaba todos los géneros literarios: el relato, el guión cinematográfico, el ensayo, el artículo, el reportaje, el teatro, incluso escribió un libreto de ópera, aunque su fuerte haya sido la novela, porque en ella, sostenía, se rompían todos los géneros.

«Una confusión y aprovechamiento de todos ellos a fin de convertir a la novela en género de géneros».

Cuando la eternidad se mueve, decía Platón, la llamamos tiempo, y esa Edad del Tiempo de Fuentes se mueve durante 60 años o más, pues curiosamente seguirá moviéndose todavía mientras aparezcan las obras inéditas que el escritor ha dejado tras su muerte y que se editarán de manera póstuma, estirando el calendario de esa Edad del Tiempo.

«Con un tiempo que todos compartimos: obra de una vida; vida de la obra».

Así, Los días enmascarados, su primer libro, se publicó en 1954, cuando las mujeres mexicanas habían conquistado el voto; La región más transparente apareció en 1958, cuando se prohibió en la URSS El doctor Zhivago y se reprimió el movimiento de los ferrocarrileros en México; La muerte de Artemio Cruz coincidió en el año de su aparición, 1962, con la muerte de William Faulkner, maestro literario de Fuentes, y ese mismo año, cuando los Beatles lanzaban su primer single, Love me Do, y se ponía en órbita el primer satélite de telecomunicaciones, Telstar 1, aparecía Aura; Cambio de piel vio la luz un año antes de la matanza de Tlatelolco y las revueltas juveniles de 1968 y, un año más tarde, Cumpleaños; en 1975, cuando se publica Terra Nostra, el pueblo de Vietnam había derrotado al ejército de Estados Unidos.

Con un tiempo que todos compartimos: obra de una vida; vida de la obra

En 1980, cuando comienza a circular Una familia lejana,

En 1980, cuando comienza a circular Una familia lejana, la Unión Soviética invade Afganistán; en 1985, año de la aparición de Gringo viejo, la Ciudad de México se reconstruye después de sufrir uno de sus más calamitosos terremotos; cuando se edita Cristóbal Nonato, en 1987, lleva muerto casi un año Jorge Luis Borges, quien hizo ver a Fuentes las enormes posibilidades de la lengua española.

En 1990, año en que publica La campaña, se oxida la Dama de Hierro, Margaret Tatcher, al perder el poder en el Reino Unido tras una década «perdida»; en 1994, año de la publicación de Diana o la cazadora solitaria, es asesinado Luis Donaldo Colosio («¿quienes asesinaron a Colosio?, ¿por qué lo asesinaron?», se preguntaba Fuentes) y surge el Movimiento Zapatista; en 1999, un año antes de las elecciones que terminarán con el virreinato del PRI, aparece Los años con Laura Díaz.

En 2001, el año en que caen las Torres Gemelas de Nueva York, publica Instinto de Inez; en 2003, año de la edición de La silla del águila, el transbordador espacial Columbia se desintegra al reentrar en la atmósfera terrestre; en 2006, cuando Evo Morales se convierte en el primer presidente indígena de Bolivia, ve la luz Todas las familias felices; en 2008, año de publicación de La voluntad y la fortuna, Fidel Castro, comandante y líder de la revolución cubana que le llevó al poder en 1959, anuncia que deja la presidencia de Cuba; Adán en Edén se publica en 2009, año en el que un ciudadano de raza negra, Barack Obama, accede por primera vez en la historia de Estados Unidos a la presidencia de ese país; en 2010, cuando se edita Vlad, Dilma Ruseff es proclamada presidenta de Brasil; en 2012, año de una de las mayores crisis económicas de Europa, aparecerá Federico en su balcón, y la efeméride es una amarga coincidencia: muere el escritor Carlos Fuentes.

Así lo quiere recordar el escritor mexicano Jorge Volpi, uno de sus amigos más jóvenes, quien expresa que un momento muy feliz al lado de Fuentes lo vivió en París, poco antes del homenaje que le rindieron en Aix-en-Provence hace unas semanas, en el curso de una cena.

En cierto momento, Fuentes, yo y alguien más nos pusimos a cantar ópera

Foto El Universal

«En cierto momento, Fuentes, yo y alguien más nos pusimos a cantar ópera, porque él se sabía arias e incluso óperas completas, y uno de sus momentos más festivos era encarnar papeles distintos y cantarlos», relata Volpi.

El autor de En busca de Klingsor sabe como otros sabemos porque lo hemos vivido en primera persona, que Fuentes era tan generoso, que un autor desconocido podía entregarle un manuscrito para que lo leyera y al cabo del tiempo, «menos de lo que usted piensa», afirmaba, podía recibir una llamada o incluso un fax hablando de la obra, ya leída, para establecer una cita y conversar, intercambiar opiniones y llegado el caso apoyar la búsqueda de un editor para esa obra.

«No olvidaré la generosidad enorme que tenía hacia los jóvenes y que en realidad es muy rara en el ámbito de la literatura mexicana», asegura Volpi, quien entró en contacto con Fuentes en 1999, después de publicar la novela que le valió el Premio Biblioteca Breve.

«Y así fue con muchos de los miembros de mi generación, tanto de México como del resto de América Latina. Esa parte es de lo más destacable en un medio marcado por la envidia, la competencia y la falta de apoyo a los más jóvenes», subraya Volpi.

«No olvidaré el buen humor constante que tenía, esa capacidad satírica para analizar la realidad, ese talento para divertirse y pasarlo bien pese a las enormes tragedias que le tocó vivir», resalta el autor de El jardín devastado.

Y entonces, de pronto, Carlos Fuentes tenía 80 años. Pero no lo parecía. Los 70 los había cruzado con el mismo porte elegante, majestuoso, firme y varonil que lució toda su vida. Pero algunos nubarrones aparecieron en el horizonte de su vida y se tornaron tormenta, relámpagos, desgracia y tragedia. Sufrió, aunque llevó la procesión por dentro, dos lutos en menos de una década: dos hijos entregados, devueltos a la muerte: Carlos Fuentes Lemus, primero; Natasha Fuentes Lemus, después.

Su semblante, no obstante, pudo aparecer luminoso, sonrosado, incluso permeable al cariño que sus amigos le profesaban. Pero su espalda recta comenzó a inclinarse y la piel se fue ajustando a la edad, encaneciendo por completo una cabellera que nunca despeinó la adversidad, el rencor, la falta de gentileza o los malos modales.

«A mí me tocó estar desde el principio en la organización del homenaje que se le rindió por sus 80 años, cuando distintas instituciones se le acercaron para proponerle hacerlo. Un día me llamó y me dijo que sólo iba a aceptar si se hacía un solo programa conjunto entre todas las instituciones y me pidió que yo tratarse de coordinarlo.

«A partir de ese momento, en una época en que las relaciones entre el Gobierno federal y el Gobierno de la Ciudad de México eran tirantísimas, tratar de conciliar esas dos partes y sumar a todas las instituciones públicas y privadas, esa idea de Carlos de convertirlo en un gran festival sobre el pensamiento y la literatura en América Latina, fue un éxito, pues se llegó a un acuerdo al que se sumaron todas las instituciones y hubo una enorme cantidad de actividades y una exposición mayúscula en torno a este homenaje».

Fuentes no quiso que se hablara de él en todas las mesas, e insistió en dividirlas en áreas distintas de los temas que a él le interesaban, de la política a la literatura, el periodismo, las artes plásticas, el cine, para que los invitados hablaran de su propia experiencia personal en cada una de estas áreas, detalla Volpi.

Ahí, en ese homenaje, su gran amigo, Gabriel García Márquez, pese a la difícil situación de salud que padecía, estuvo presente como lo había estado a lo largo de medio siglo, en un multitudinario acto en la Sala Nezahualcóyotl, los dos sonrientes, haciendo bromas, parte uno del otro en el mundo imaginario de ese Territorio de La Mancha al que ambos pertenecen.

Con ellos, en ese territorio imaginario, encontraremos a Fuentes acompañado de otros nombres, de Octavio Paz a Julio Cortázar, José Donoso, Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo, Carlos Monsiváis, Fernando Benítez, Pablo Neruda, Luis Buñuel, Juan Goytisolo, pero también José Luis Cuevas, Alberto Gironella, Vicente Rojo, y un largo e interminable etcétera como la enorme capacidad de Fuentes para la amistad y el diálogo.

Hoy, 40 años después, siguen siendo válidas las palabras que Fernando Benítez le dedicara en 1973, a propósito de la edición de un primer volumen de sus Obras completas, publicado por Aguilar:

«Carlos no se ha desviado del camino que le trazaran sus primeros maestros. Ha vivido tanto y tan apasionadamente como ha leído y escrito. Sabe que no hay creación sin caída, pues ésta espera al actor a la vuelta de cada palabra que pronuncia. Su responsabilidad principal está con la nueva palabra, empleada como navaja, para despertar al dormido, al indiferente y hacerle ver su enajenación y su cobardía. Creador de mundos, él cree en la palabra y la opone a la mentira, a la simulación, a la retórica, a la nada».

Carlos Fuentes descansará para siempre en el cementerio de Montparnasse, en París, ciudad amada por él donde encontró al amor de su vida, Silvia Lemus, y que conocía mejor que muchos franceses. Natasha y Carlos, ángeles de la guarda que le acompañaron en el último tramo de su vida mientras escribía tratando de exorcizar los demonios del mundo, estarán ahí con él.

En el Olimpo eterno, Mictlantecuhtli de la zona sagrada de nuestro universo mexicano, un escritor baila un zapateado con la Catrina y se divierte. De reojo, ve el novelar ajeno y lee. Sabio y generoso, repasa las páginas como si de flores de palabras se tratara, deshojando cuidadoso cada pétalo que, encendido, lanza al viento. Y escribe, no para de escribir mientras otros ojos leen lo escrito: «…desgarrados juntos, creados juntos, sólo morimos para nosotros, aislados. Aquí caímos. Qué le vamos a hacer. Aguantarnos, mano. A ver si algún día mis dedos tocan los tuyos.»

Y así, ya es inmortal.

Aunque se empiece escribiendo para vivir, se termina escribiendo para no morir

Aunque se empiece escribiendo para vivir, se termina escribiendo para no morir

«Aunque se empiece escribiendo para vivir, se termina escribiendo para no morir, para aplazar la muerte, para alejar a esa amiga muy cercana de todo mexicano que nosotros llamamos la Catrina, la Pelona, la Calaca, la Tía de las Muchachas».
Carlos Fuentes

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