Embelleciendo la muerte

1 noviembre, 2012 Revista:No. 8 Etiquetas: , , , Autor:hojeadas

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Fuente: El Universal

Embelleciendo la muerte

Embelleciendo la muerte. Foto: El Universal

El caso más fuerte que recuerda ocurrió hace pocos años con el cuerpo de una persona a la que le pegaron 70 balazos. Aquel hombre había sido guardaespaldas de un gobernador del estado y su cuerpo quedó desfigurado, hecho giros, faltaban piezas: no tenía ojos, no tenía boca, una oreja; estaba deshecho. “Me aventé 14 horas desde que entré hasta que terminé”, recuerda José Ángel Labrada, un hombre de 32 años que en los últimos siete se ha convertido, por la calidad de su trabajo, en el embalsamador más respetado y recurrido en toda la región noroeste del país.

“Arreglar ese cuerpo había sido un encargo especial”, rememora. Empezó a las siete de la noche y terminó al otro día por ahí de las 10 de la mañana. Cuenta que en esa ocasión se la pasó encerrado toda la noche en la sala de embalsamamiento de la funeraria San Martín, la más antigua y de más tradición en Sinaloa, donde trabaja desde hace más de 10 años, sólo hizo una pausa para cenar algo y después continuó. “Ha sido lo más difícil, lo más laborioso y lo más tardado”, explica antes de confesar: “La verdad que esa vez se fue muy rápido el tiempo”.

El cuerpo quedó reconstruido en cara y extremidades, algo que la familia se lo agradeció mucho.

No es fácil, confiesa, al principio el miedo de trabajar con un cadáver era más fuerte que el asco o las náuseas.

No es lo mismo embalsamar un cuerpo de muerte natural que uno que viene por arma de fuego, aclara. El segundo es más complicado, vienen abiertos por la autopsia del forense y para preservarlos los embalsamadores trabajan con el aparato circulatorio, roto por la necropsia, y vital para inyectar los líquidos conservadores que se utilizan. En esta fase inician las técnicas en restauración, comenta, después la reconstrucción y cosmetología convierten el trabajo en el arte de devolver algo de estética a la osamenta. No es fácil, confiesa, al principio el miedo de trabajar con un cadáver era más fuerte que el asco o las náuseas.

Una necesidad muy urgente motivó a Labrada a convertirse en embalsamador: ocurrió hace siete años, entonces era gerente encargado de la sucursal de la funeraria en Angostura, distante una hora al norte de Culiacán. En esa ocasión no llegaban los embalsamadores y había que alistar el cuerpo; por teléfono uno de sus superiores comenzó a darle indicaciones de cómo preparar los líquidos e inyectarlos.

De repente, el cadáver abrió los ojos. “¡Ay canijo!… Pos, ¿qué no estaba muerto?

Dice que le salió tan bien que después poco a poco él iniciaba las preparaciones antes de que llegaran los especialistas. “Estaba interesante ser preparador más que gerente”, confiesa. Sólo que un día se llevó una sorpresa.Esa ocasión aplicaba el masaje de los pies a la cara con el que comienza cualquier sesión cuando al avanzar, de repente, el cadáver abrió los ojos. “¡Ay canijo!… Pos, ¿qué no estaba muerto? Hasta brinqué, chingao, y le volví a cerrar los ojos. Hasta que ya Miguel Orozco (su superior) me dijo: ‘No, no, es que le tienes que poner algodón en los ojos, para que no se levanten y queden cerrados’. Son cosas que como desconoces, estás haciendo algo nomás porque alguien te está moviendo los cablecitos y desconoces las reacciones del cuerpo”.

Por eso decidió prepararse, tomar cursos de embalsamamiento y restauración y hasta hizo una maestría en Chicago en la materia.

Dice que su primer contacto con cadáveres fue en un río. Era un ahogado al que había que recuperar. En aquel entonces era integrante del equipo de rescate acuático en el cuerpo de bomberos de Culiacán.

Recuerda que el miedo lo paralizó y se negó a tocarlo, no pudo y eso le valió una reprimenda de todos sus superiores. La primera vez que tuvo que tocar un muerto sintió una mezcla entre desesperación, alegría y miedo, era otro ahogado que sacó de un coche hundido en uno de los canales del río Humaya. Esos primeros contactos lo sensibilizaron con el dolor, explica, “uno imagina que esa persona podría ser el de un ser querido. Somos humanos y te contagias de eso”.

Aprendió que antes de tocar un cadáver hay que hacer una oración.

De rescatista pasó a ser un chofer en la funeraria. Era la época en que terminó sus estudios en administración y lo hicieron gerente. Ya como funerario se acercó más a la religión, pues aprendió que antes de tocar un cadáver hay que hacer una oración. Porque ésta es una labor donde mucha gente queda agradecida, no importa si el difunto llevó una vida fuera de la ley, porque hasta la familia de esas personas agradecen que una vez “reconstruido”, el cuerpo pueda ser visto por última vez.

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